La nieve y los fuertes vientos de este invierno han sido demasiado para el Washington Tree, la enorme secuoya californiana que, con sus más de 3.000 años, es el segundo árbol más grande del mundo y se está muriendo.
Ha aguantado tres milenios y otros tantos inviernos helados, su mastodóntica base ha estado miles de veces cubierta por las nieves habituales en esta zona de Sierra Nevada; ha sobrevivido incendios y tormentas, sequías e inundaciones.

Pero ahora, el padre de todos los árboles toca a su fin. O quizá, apuntan los maliciosos, es que desea irse antes de que las madereras comiencen la tala en un parque que podría perder su estatus de intocable si salen adelante los planes del presidente estadounidense, George W. Bush.
Sea como fuere, el Washington Tree está listo para decir adiós a un mundo que conoce desde mucho antes de Jesucristo y que sólo desde unas décadas atrás, un suspiro en sus dimensiones celestiales, se ha llenado de turistas que se revuelcan por el suelo en el inútil empeño de que estos gigantes quepan en sus cámaras.
El Washington Tree seguramente se reirá de estos turistas, aunque quizá perdone a los que se abrazan amorosamente.
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